carmenYramón

Coincidían cuando salían a jugar a la misma calle de aquel mundo sin experiencia. Tras días de estar sentados sobre el asfalto, Carmen y Ramón abordaron a descubrirse con la lentitud propia de unos niños que no tenían prisa por crecer. En los peldaños de cualquier escalera vieja, acostumbraban a creerse juntos para siempre. Dado que poco confiaban en sus habilidades comunicativas, intercambiaban mensajes con sus vivaces miradas; eran miradas sin gramáticas, sin reglas, eran las miradas del auténtico lenguaje. Ramón amaba a Carmen por la habilidad con la que bajaba el tobogán y la flexibilidad con la que se deslizaba por los agujeros escondites de la época. Ambos ponían nombre al cariño que se sentían con el hablar de los niños de antes. Por encima de todo, y sin faltar a sus citas, iban a jugar al parque.
Carmen y Ramón habían conectado de un modo especial, en un mundo que empezaba y a una edad que casi no era ni edad. No les importaba ser los niños más niños de un mundo que estaba por estrenar, eso sí, con la indispensable condición de que lo fueran al mismo tiempo; ninguno de los dos podía estirar su niñez sin llevarse al otro de la mano.