Yo conocí a un poeta.
Le pregunté cómo invocaba a la inspiración y conseguí tímidamente acercarme a sus dulces metáforas. Le expié mientras escribía para conocer palabras secretas. Quise acercarme más para que me prestara sinónimos mágicos. En sus manos vi la extraordinaria habilidad de idear personajes y en los bolsillos de su gabardina coleccionaba miles de sabores, miles de transparencias, miles y miles de credenciales. De su cartera vació varios versos que lanzó al aire y conmovió a los oyentes. Supo inyectar la poesía en los corazones de los presentes, en las venas de las personas que necesitan llenar el mundo de palabras a medida. Se confesó pesimista en sus inicios y se declaró adicto a las promesas. Saludé emotivamente a sus rimas prestando atención en la estética de su lenguaje. Quise que se me contagiara su poder de sugestión. Traté de encontrar en sus pupilas algún simbolismo de la época. Estuve horas escuchando sus poemas y ellos me ofrecieron el obsequio de la originalidad. Finalmente, un verso me presentó a otro verso.
Yo conocí la poesía.
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