Ella solía vestir tejanos, camisas ajustadas y calzado cómodo combinado con alguna bota de tacón alto, una elegancia subjetiva cosechada pocos años antes de que él entrara a formar parte de su vida. Desde su llegada, en sus primeras citas y hasta en la última, nunca más una prenda se ajustó a su cuerpo por casualidad. Ahora cada ropa tenía su porqué, su intención, llebaba consigo el inicio de aquella historia de dos. Por aquel chico dejó de ser novata en las faldas, se atrevió a los vestidos y, entre tanto, venció a su infantil complejo de probarse gafas de sol en presencia de más personas. Y es que el era una persona especial entre personas, más que una gran compañero, el era parte de ella, prolongación de ella, necesidad de ella. Todas las citas que compartieron fueron juego y fantasía, una inconcreción fantasmal que fue en aumento con los dias. Fantásticamente, se abrieron las páginas del cuento de sus vidas y escribieron su historia.
Tal y cómo narra el final del cuento, poco a poco creció un tremendo muro entre ellos, una defensa, un imposible. La muralla que la atracción de aquellos cuerpos rompieron para unirse, se vislumbraba ahora, decidiendo por ellos que dejaban de ser dos. Ocultando la fortaleza del muro, ella siguió luchando,nunca le dejó, nunca supo decir no, nunca se fue lejos, nunca abandonó, nunca dejó de quererle. Ella nunca le falló, pero eso no fue bastante.
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