Lissete temía a la dictadura de los libros, a la esclavitud de lo escrito. No había leído una novela en toda su vida, pero parecía haberlas escrito todas. Era princesa de las letras, señora de la elocuencia, ama de los fenómenos por contar, explosión de matrices léxicas, era un bombón de lingüístico chocolate. No leía pero su hablar era literatura. Una manifestación artística de los fenómenos de la vida cotidiana que comunicaba a los demás con el propósito de implantar huellas. Difundía sus vivencias con el esfuerzo añadido de producir en quienes la disfrutaban la inyección emocional de una lectura de maestro. Quería provocar escalofríos, alegrías, penas, reflexión, pero por encima de todo, su misión y lo que a ella le hacía realmente feliz era conseguir que quienes la escuchasen encontraran en ella a la literatura pura sin intermediarios, sin plagios, sin escritura que la condicionara. Pura literatura hablada con el propósito de hacer de la humanidad un libro hablado y contado por todos, en el que cada persona pudiera proyectarse al resto y quedar unida por la palabra para siempre. Un pacto abierto a todas las posibilidades que pudieran imaginarse. Unas voces liberadas de sus propias celdas de castigo dispuestas a disfrutar de libertad de expresión. Un compendio donde el poder estuviera en las palabras dichas y no en los actos, un dominio del lenguaje que les recuperara su legitimidad. Una creencia verdadera que resistiera todo intento de manipulación. Una oralidad que diera a cada hombre su esperanza.
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